Con el pretexto de la muerte de Juan Pablo II.

juan_pablo_iiCarta publicada en Diario de Sevilla

Aunque ya esperado, el fallecimiento del Papa Juan Pablo II se ha convertido en una noticia que se ha impuesto impetuosa en las programaciones de todos los mass media. La gente, su gente (el pueblo cristiano y tantísimos hombres y mujeres de buena voluntad), ya veníamos acompañándole en su agonía con la oración y un cariño agradecido concretado en infinidad de expresiones, especialmente en vigilias de oración en muchas iglesias y plazas de ciudades y pueblos por toda la faz de la Tierra.


Pero cuando a partir de las 21,37 h. del sábado 2 de Abril pasado comenzaron los teletipos a confirmar la muerte del Papa, la reacción popular, y especialmente juvenil, de cariño y admiración por éste al que ya denominan Juan Pablo II “el Grande” viene desbordando hasta límites inimaginables todas la previsiones. Los medios no están pudiendo menos que intentar encauzar, admirados y desbordados por la enormidad de la reacción popular, ésta que se ha convertido en “noticia de noticias”.

No obstante, algunas personas y medios que habitualmente han sembrado críticas, siempre negativas, a la Iglesia Católica a duras penas disimulando su asombro, han adoptado un rápido cambio de estrategia para no ser arrastrados por este “tsunami” humano. Con el pretexto de la muerte de Juan Pablo II se opta por difundir mensajes confusos: se empiezan por alabanzas genéricas, a lo “piel de oveja”, adoptando un “sí” inicial para despistar, como captatio benevolentiae del lector para, a continuación, arremeter sin pudor alguno contra el mismo corazón de las intenciones del Papa y de la doctrina de la Iglesia.

En mi opinión, la respuesta popular desplegada ante la desaparición de Juan Pablo II demuestra el reconocimiento de la grandeza de una persona coherente, que ha vivido lo que ha predicado y ha predicado lo que ha vivido. Por tanto pretender parcelar sus opiniones “progresistas” de sus opiniones “conservadoras” es inaceptable. Jesucristo ha ofrecido a la humanidad un camino de salvación del que Juan Pablo II ha sido un fidelísimo guía.

Se recurre, por una parte, al trillado tópico de sus avanzadas posturas sociales y su conservadurismo en moral personal, sexual y familiar. Y lo deslizan como si nada, cuando este Papa no se ha separado un ápice de la doctrina expuesta por Pablo VI al respecto en la Encíclica Humanae Vitae.

En cuanto a la investigación genética, le han colgado el “sambenito” de que se opone al avance de la ciencia a favor de la salud y de la vida humana, cuando, muy al contrario, nadie como el Papa y la Iglesia animan y están abiertos al auténtico avance de la ciencia y de la técnica, que no podrá ser verdadero progreso si no es a favor de la salud y de la vida de todos los hombres y mujeres sin discriminación, esto es: también de los embriones humanos (todos hemos sido embriones), de los niños concebidos pero aún no nacidos (no al aborto) y, en general, de la defensa de la vida humana en todas sus fases y circunstancias (eutanasia, pena de muerte, guerra, etc). ¿Acaso no se admiten limitaciones al desarrollo tecnológico (por ejemplo a la energía nuclear) por razones ecológicas? El “mensaje” de que las masas del Tercer Mundo mueren de SIDA por culpa de las enseñanzas de la Iglesia sobre la sexualidad humana, como calumniosamente se nos intenta convencer, se topa con la obstinada realidad de los números: la presencia de la Iglesia Católica en el África subsahariana y Asia meridional, donde se concentran el 80% de los enfermos mundiales del SIDA que había en 2004, es del 10% de la población. Compárense estas cifras con otros lugares de niveles de renta similares, en América Latina, en donde la Iglesia Católica sí es mayoritaria. Se acusa a la Iglesia de estar contra la investigación con células madre, flagrante falsedad de forma y fondo, cuando es a la manipulación de células madre “embrionarias” a la que la Iglesia se opone, pues conlleva la manipulación y muerte de embriones humanos; mientras que existe el más fácil recurso a las células madre “adultas”, estando científicamente demostrado que son éstas las que actualmente ofrecen los mejores resultados terapéuticos.

Otros comienzan aludiendo a la libertad que Juan Pablo II ha defendido ante diversos regímenes totalitarios y ha manifestado en su comportamiento personal, para arremeter luego falazmente poniendo en entredicho el respeto de la libertad dentro de la propia Iglesia. Traen a colación, para ello, el caso de la llamada al orden, por parte de la Congregación de la Doctrina de la Fe, al moralista B. Häring ó al teólogo de la liberación G. Gutiérrez ¿Y eso es falta de libertad dentro de la Iglesia entre obispos y teólogos? Y se le cuelga el mochuelo a la Curia Romana, cuando en la Iglesia la ciencia teológica está al servicio (como todos) del Pueblo de Dios, y no puede olvidarse que “el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha sido confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a los obispos en comunión con él” (Catecismo de la Iglesia Católica, 100). Me sorprende leer estas quejas de falta de libertad de alguna persona que la está ejerciendo desde medios católicos o desde centros de estudios católicos.

Por no hablar del trillado tópico de la descentralización y democratización en el seno de la Iglesia. Se aplican al Pueblo de Dios categorías meramente políticas e intramundanas de competitividad por cuotas de poder (legítimas en sí para el gobierno de la “cosa pública”), pero que distorsionan la imagen de la Iglesia como realidad sobrenatural en la que prima el servicio a imagen de Cristo, que se hizo el último y el Siervo de todos, y donde su Vicario en la tierra tiene como principal título el ser “el siervo de los siervos de Dios”. A Jesucristo mismo, como fundador de la Iglesia a la que ha conferido su naturaleza y notas, traicionaríamos si hiciésemos una interpretación reduccionista, y por ende distorsionada, de ese Sacramento de Cristo y semilla de Reino de los Cielos, realidad divino-humana, que es la Iglesia (cf Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium 9.5.8). Es lógico que semejante análisis desde la fe católica sea difícil de comprender, si no imposible, para aquellos que no la han recibido de Dios; pero resulta paradójico y doloroso que se esgriman algunas de estas categorías hermenéuticas por parte de algún cristiano e incluso algún sacerdote y docente, lo que no hace sino contagiar su propia confusión de fe especialmente a la gente más sencilla que carece de la suficiente formación y recursos intelectuales para detectar tan falaces argumentos de interpretación.

¿Y la opción preferencial por los pobres? Resulta de todo punto falso acusar genéricamente a quienes en nombre de Cristo pastorean la Iglesia de ignorar este punto, ni mucho menos pretender trasmitir una irreal imagen de ser vistos con recelo por ellos, cuando tanto en las enseñanzas como, primero que nada, en la vida de toda la Iglesia el servicio a los más pobres es preferencial (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2443-2463, y passim; cf Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, capítulo V). ¿Dónde, si no, las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta (con una casa precisamente en el mismo Vaticano, con salida a la calle Porta Cavalleggeri, o las Hermanas de la Cruz o los cientos de congregaciones religiosas e instituciones laicales dedicadas al servicio a los más pobres? ¿Dónde el más de medio millón de misioneros católicos en el Tercer Mundo? ¿Dónde las inmensa red capilar de Caritas por toda la Tierra? No es esa opción por los pobres una exclusiva de cierta Teología de la Liberación en la que se hacía una interpretación desde el marxismo de la fe cristiana, con el resultado de una teoría y una “praxis” reduccionista desde la lucha de clases y la dictadura del proletariado.

Me gustaría pedir en estos cruciales momentos para con la Iglesia un tiempo de respeto y serenidad para afrontar con valentía y esperanza el reto de sustituir a un Magno Papa ya histórico.

Ramón Piedra Sánchez
Profesor Titular de Álgebra
Universidad de Sevilla