Día de los difuntos, ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?

cementerio-2“No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza” (I Tes 4, 12ss).
No muy lejos de aquí, en un pueblo mediterráneo de nuestra latitud, un enlutado grupo de mujeres que, junto con las primeras y primaverales luces del alba se abrieron camino en la noche, entre lloros, con el propósito de visitar y limpiar la tumba de su ser más querido, fallecido tres días atrás, no podían dar crédito a lo que les estaba sucediendo, petrificadas ante el hallazgo de la tumba vacía (aparentemente profanada); el desconcierto se tornó indignación y enojo ante la pregunta de un joven desconocido: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”.

Me pregunto cómo reaccionaríamos si nos sucediese algo semejante al visitar, el próximo Día de los Difuntos, la tumba de algún ser querido. Sin dudarlo que nos encararía con aquel gamberro que se atreve a ofendernos de semejante manera: -¡Pero…!¿Cómo se atreve …?¿Cómo que nuestro difunto vive…?

Una de aquellas mujeres, aunque segura de que aquel sinvergüenza había profanado la tumba de su difunto, aferrándose a caso a la posibilidad, quizá única, de recuperar al menos su cadáver, se apresuró a decirle: -“Si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré”. El joven le dice: “María”… Sólo tras un largo silencio, durante el que sus ojos desencajados fueron acariciando, palmo a palmo, la prueba de la evidencia, aquella mujer rompió a exclamar: “¡Maestro!”. Se trata del relato de la Resurrección de Jesús como la narran los que fueron testigos presenciales (Lc 24,5-6 y Jn 20, 15-16; Cf paralelos).

En vísperas del Día de los Fieles Difuntos, seremos muchos los que acudamos a los cementerios. Allí querremos y creeremos estar lo más cerca posible de quienes quisimos y no podemos dejar de querer. Se cruzarán por nuestra mente (y no pocas veces escaparán por nuestros labios) preguntas sin respuesta. Si tú me lo permites, amigo lector, pretendo ofrecerte algunas que Jesús y sus discípulos, agrupados en la Iglesia que Él fundó, nos vienen proclamando durante dos milenios; repuestas que han iluminado la “noche interior” de muchos. Habría materia para hablar horas y llenar muchas páginas; aquí, en razón de la brevedad, correremos el peligro de parecer un “prontuario” de”pregunta-respuesta”. Pero quiere ser esto como ese imprescindible socorrido pañuelo con que enjugamos un incontrolable arranque de dolor; ciertamente, sin una conversación personal y a fondo, todo esto puede caer, incluso, en lo ridículo.
También hoy, a ti y a mí, el ángel de la mañana de la Resurrección del Señor nos interpela “¿Porqué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí”.Tendremos que plantearnos, como aquellas mujeres del Evanglio: ¿Dónde, cómo están nuestros difuntos? ¿Los podremos ver de nuevo?

Previamente a cualquier respuesta es preciso recordar algo fundamental sobre el hombre, que muchos parece que hemos olvidado: el ser humano es un compuesto esencial de cuerpo y alma. Contra la Voluntad de Dios en la Creación (Cf Sab 1, 13; 2, 24) y a causa del pecado del hombre, el cuerpo es mortal; pero nuestra alma, espiritual, siempre permanece inmortal. Cuando acontece, pues, la muerte, lo que realmente sucede es que el alma deja de “animar”(de estar unida, de ahí la palabra “alma”, del latín “anima”) al cuerpo, el cual se corrompe. Pero, dado que la muerte es una de las consecuencias del pecado, la principal conquista de la Salvación y Redención de Jesús será la resurrección de toda la humanidad (Cf Rm 5, 12-19); es más, la restauración y plenitud de todo lo creado (Cf Rm 8, 18-25). Es por ello que Jesús nos anuncia la alegría definitiva de la futura resurrección, al final de la Historia, cuando el mismo cuerpo y la misma alma de todo ser humano vuelvan a unirse, en estado de plenitud, para eterna salvación o condena (Cf . Catecismo de la Iglesia Católica 120-160 –desde ahora lo citaremos CIC-).

Nuestra fe cristiana en la única resurrección final no tiene nada que ver con la creencia en la reencarnación o trasmigración de las almas (pensar que las almas, tas la muerte, se unen nuevamente a otros cuerpos, más o menos perfectos en función de los más o menos méritos que acumularon en sus vidas anteriores –Cf CIC 1013). Nosotros sabemos, por la Revelación Sobrenatural de Dios en las Sagradas Escrituras y en la Tradición viva de la Iglesia, que morimos una sola vez, y después de la muerte viene el juicio particular del alma (Cf Hb 9, 27; CIC 121s.).

Mientras llega el día de la Resurrección final, las almas de aquellos que no murieron en pecado mortal y, por lo tanto, no se han condenado (estoy persuadido que, por la misericordia de Dios, el infierno debe estas vacío o casi), pero tampoco han pasado inmediatamente al cielo (pues tenían pecados veniales o imperfecciones), gozan de la consoladora posibilidad de purificarse de sus pecados en el conocido como Purgatorio. Es justamente por las almas de esas personas por las que rezamos en el Día de los Difuntos, dado que nuestras oraciones, sacrificios e indulgencias se les pueden aplicar en orden a la purificación de sus culpas y su consiguiente salvación definitiva. (Cf CIC 1032, 1479). No obstante, de cuanto podemos hacer por nuestros difuntos, lo más grande y eficaz es participar y ofrecer por ellos la Santa Misa, que tiene el valor infinito por ser el mismo Sacrificio Pascual de Cristo (Cf CIC 1371).
“Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre. En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente <<es salario del pecado>> (Rm 6, 23). Y para los que mueren en la gracia de Cristo , es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección” (CIC 1006).

En definitiva: ¿Están o no nuestros difuntos en la tumba? -Fíjate bien en lo que Santa Mónica, madre de San Agustín, escribe a él y a su hermano poco antes de morir: “Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; sólo os ruego que, donde quiera que os hallareis, os acordéis de mí ante el altar del Señor” (San Agustín, Confesiones 9, 9, 27). ¿Dejaremos, por eso, de cuidar de sus sepulcros?. En la tumba están los restos mortales de nuestros difuntos, pero no el alma, que sigue viviendo (en el cielo, en el infierno o en el purgatorio). Si honramos estos restos lo hacemos en cuanto que van a resucitar en el último día, cuando sean animados definitivamente por el alma, alcanzando así el hombre completo, cuerpo y alma, como la santísima humanidad de Jesús Resucitado (junto con todo el Cosmos), una vida plena y eternamente feliz, en unión con todos los salvados.

He ahí lo más positivo y la mayor novedad del cristianismo: Cristo venció la muerte y, en Él, también nosotros podremos vencer; y no sólo la muerte física, sino esa otra, mucho peor, que nos impide disfrutar verdaderamente de la vida y que es como un anticipo del fracaso eterno: la muerte existencial, lo que Jean Paul Sartre llamaba “la muerte existencial”, “la nausea” ó “el asco de vivir” (Cf Hb 2, 14s; CIC 988-1060).

Desde el Bautismo, esta humanidad nuestra, herida por el pecado y destinada por ello a la muerte, queda como embarazada del Espíritu Santo, análogamente a como le sucedió a la Virgen Santísima, pero a nivel espiritual (Cf Jn 1, 12-14). Así, en nuestra alma se va gestando, ayudada por la educación cristiana de nuestra familia , de los cuidados de nuestra gran Familia la Iglesia (que nos nutre con la Palabra de Dios y los Sacramentos –Cf Jn 6, 51-59-, guiándonos en nuestro peregrinar terrestre) y de nuestra personal colaboración, un Hombre Nuevo, otro Cristo: un cristiano; cuando está maduro, viene la cosecha, la vendimia, el nacimiento a la vida eterna (Cf Jn 16, 20-22).

Al rezar por nuestros difuntos, no nos olvidemos nosotros de dejar que esa gestación espiritual de Jesús en nosotros siga adelante; que no se detenga o enferme; que no le abortemos. No olvidemos que los niños no se improvisan en la sala de partos: se da a luz lo que se lleva dentro. En nuestro caso: ¿Cómo podremos renacer entonces a la vida eterna si no dejamos que Cristo crezca ahora en nosotros? (Cf Jn 3, 1-21).

En definitiva: nuestros seres querido viven en Cristo, en ese mismo Jesús que vive (debería vivir, por la cuenta que nos trae) en nosotros por la gracia santificante. Unidos a Él es como más unido estaremos, ya aquí incluso, a ellos y, después, definitivamente, en el Cielo.
Por eso, querido amigo, no te me enfades si te recuerdo: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que vive?”. Jesús Vive; sólo en Él está la Vida Plena; es más, Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Cf Jn 14, 6).

Ángel Sánchez Solís
Párroco