En el 150 aniversario de la declaración dogmática de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen María.

“Una gran señal apareció en el cielo, una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está en cinta y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12, 1-2).

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Me enamora de una manera singular este relato que es el que se recoge en la iconografía artística sobre la Inmaculada Concepción en la más rancia tradición sevillana y española de nuestro siglo de oro. Después de la representación del Árbol de Jesé, como árbol genealógico de los antepasados de la Virgen María, en la que Élla aparece como el fruto más santo de la raza humana, será en el tipo iconográfico de la Tota Pulcra (“Toda Limpia”), que inaugura el valenciano Juan de Juanes, donde podamos rastrear el precedente inmediato de la representación, tal como ha hecho mayor fortuna hasta nosotros, de la Inmaculada Concepción: se trata de la plasmación de la imagen de esa enigmática Mujer de la que nos habla el Apóstol San Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis. Esta será la iconografía de la Concepción Inmaculada de la Virgen que, desde Francisco Pacheco, suegro de nuestro genial Diego de Velásquez, pase definitivamente a la historia. En su tratado del Arte de la Pintura, el padre de la escuela pictórica sevillana, Francisco Pacheco, dirá que esta Mujer debe representarse como una muchachita doncella de entre 12 y 13 años. Su mejor discípulo y yerno, Velásquez, logró, para mi gusto, la más bella plasmación de esta imagen de la Virgen en una deliciosa tabla, pequeñita de tamaño pero inmensa por su belleza y simbolismo, que hoy cuelga en las paredes dela National Gallery de Londres, y en la que María se nos asoma a esa ventana que es todo cuadro encarnada en la que podría ser una de tantas y a cual más bella de las hijas de nuestro pueblo sevillano que nos cruzamos a diario por nuestras calles. Diego de Velásquez, aprendiz aún jovencísimo en el taller de su suegro Pacheco, retrata de hecho en el rostro de esta doncella nazarena a su propia esposa Juana Pacheco.
Esta iconografía de la Inmaculada, después de desarrollarse a través del pincel y la gubia de nuestros óptimos maestros (Martínez Montañés, Juan de Mesa, Zurbarán, …) eclosionará en todo el esplendor de su potencialidades en nuestro genial Bartolomé Esteban Murillo, el pintor de las Inmaculadas, entre las que, si elegir pudiese, me quedaría con la llamada Inmaculada de Schult, mariscal francés de triste memoria para nuestro patrimonio artístico que nos la robó a principios del XIX y que, con “cien años de perdón”, le robó a su vez Rusia más recientemente y hoy retiene como precioso botín el Museo de Lermitage de San Petersburgo.
No solo en la pintura, también la escultura, el grabado, toda el arte recogerá esta imagen de esa mujer apocalíptica vestida del sol con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Si bien no lo podremos apreciar claramente en nuestras representaciones artísticas, en las que un religioso pudor tan sólo lo insinúa con el abultado manto que le cruza y cubre el vientre, esta Mujer Apocalíptica está embarazada, a punto de dar a luz, y se encuentra en el centro de una batalla cósmica, universal. Dejemos seguir hablando al propio Libro de la Revelación: “Y apareció otra señal en el cielo, un gran dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos y sobre sus cabezas siete diademas, su cola arrastró a la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo en cuanto lo alumbrase. La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro, y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono, y la mujer huyó al desierto donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días. Entonces se entabló una batalla en el cielo, Miguel y sus ángeles combatieron con el ladrón, también el dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos, y fue arrojado el gran dragón y la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás. El seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él” (Ap 12, 3-9) .
En esa misma batalla en que se nos representa envuelta María, nos encontramos ahora enzarzados nosotros. Es la guerra, la lucha sin cuartel entre el bien y el mal. Una lucha ésta que tiene su origen en el albor de la humanidad, cuando Dios recién ha creado con sus manos de amor paternal, ha plasmado al hombre y a la mujer, imprimiendo en ellos, en todos nosotros, su imagen y semejanza, pues nos ha hecho por amor y para amar y, por ello, libres; porque ¿quien podrá amar, querer, si no es porque “quiere”, si no es libremente? Pero en un mal uso de esa libertad, sabemos por la Revelación divina, el hombre y la mujer primeros, Adán y Eva, se revelaron contra Dios, seducidos y engañados, victimas de ese timo con el que el “gran acusador”, el gran embustero, el diablo y Satanás, desde entonces y hasta ahora, nos sigue acechando y timando, prometiéndonos “el oro y el moro”, para infectarnos el corazón, en cambio, con el venenoso gusano de la duda sobre el amor de Dios. -¿Por qué no coméis del árbol?, “¿por qué no coméis de ningún árbol?, el día que comáis del fruto del árbol de la vida seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 1b), seréis dueños y señores de vuestra vida, dioses de vuestra historia. ¿Quién os impondrá, entonces, lo que es bueno y es malo? ¿Quién os dictará qué hacer?, ¿Por qué tienes que obedecer los mandatos de la ley de Dios si tú mismo puedes ser dios de tu vida y ponerte tus propias normas? Victimas de aquél engaño, ellos entonces, como hoy nosotros, dudaron del amor creador y paternal de Dios; y desde aquel mismo momento, como consecuencia del pecado, entró la muerte en el mundo, “y la muerte llegó a todos nosotros (dice San Pablo), ya que todos pecamos” (Rm 5, 12 b). Pero Dios no nos abandonó, porque no puede dejar de amarnos, ya que dejaría de ser Dios, puesto que, como dice San Juan, “Dios es amor”( I Jn 4, 16 b).
Ya entonces, ante la humanidad recién derribada por los suelos por el primer pecado, hizo Dios toda una gran promesa, el primer anuncio de la Salvación. Se recoge éste en el diálogo divino del Paraíso terrenal con el hombre y la mujer inmediatamente después del pecado original: “ El Señor Dios dijo a la serpiente: por haber hecho eso serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo(…); establezco hostilidades entre ti y la Mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón. El hombre llamó a su mujer Eva por ser la madre de todos los que viven” (Gn 3, 14-15.20).
Tu y yo somos esta estirpe de la Mujer, la misma del Apocalipsis, esta estirpe que ha comenzado en Cristo, el hijo de María, Nuevo Adán y Nueva Eva, principio de una nueva humanidad. Ciertamente hay unas hostilidades a vida y muerte; recordarás los episodios de las tentaciones que nos narran los evangelios en la vida de Jesús; esas tres tentaciones son las mismas que tenemos tu y yo; la misma tentación que tuvieron, como ya vimos, nuestros primeros padres.
“Ella te herirá en la cabeza”: María es esa la Mujer que pisa la serpiente primordial (como recoge la iconografía de la Inmaculada Concepción). “Cuando tú la hieras en el talón”: el talón de María es imagen de la Iglesia, del Pueblo de Dios peregrino por este mundo: tu y yo, que somos mordidos y heridos tantas veces por la serpiente, por el pecado, por la duda de si Dios me ama o se olvidó de nosotros, aunque esperamos, como la Virgen Santísima, vernos un día plenamente redimidos del mal y sus consecuencias.
Se cumplió ayer, miércoles 8 de Diciembre, el 150 Aniversario de la definición Dogmática de la Concepción Inmaculada de nuestra Madre la Virgen María, sin mancha de pecado original, por parte de su Santidad el Papa, ya Beato, Pío IX. Pocas proclamaciones solemnes del Magisterio de la Iglesia han tenido detrás tanta historia de controversias teológicas y tanta historia de fe del pueblo. Con este dogma, Su Santida Pío Nono dio a la sencilla creencia de muchas generaciones en este privilegio mariano el rango de proposición de fe revelada, recurriendo así a una de las fuentes de la fe, el llamada sensus fidelium, es decir: al hecho por el que, cuando una verdad de fe es pacifica y generalmente aceptada por todo el Pueblo de Dios, esa doctrina se tiene que considerar como divinamente revelada. De este modo se cerraba gozosamente un largo proceso en el que a lo largo de los siglos el pueblo cristiano primero y los teólogos después fueron tomando una conciencia cada vez más clara de las implicaciones que se encuentran en la afirmación de la plenitud de la gracia y de la total santidad de la Madre de Dios. “A lo largo de los siglos – se lee en el Catecismo de la iglesia Católica (n. 491)-, la Iglesia ha tomado conciencia de que María, la llena de gracia por Dios (Lc., 1, 28) había sido redimida desde su concepción”.
Muchas veces quizá hemos pensado o se nos ha presentado esta declaración dogmática, como tantas otras por parte del Magisterio de la Iglesia, como la invención de una verdad, de algo que Dios no habría revelado antes y que ahora la Iglesia saca a la luz como nuevo. ¡En absoluto!, nada más alejado de la realidad; porque la Revelación divina, las verdades necesarias para nuestra salvación, se nos han dado en Jesucristo. Y nos enseña la Iglesia que con la muerte del último apóstol ha concluido esta Revelación llamada Sobrenatural, esa revelación que se contiene en la Palabra de Dios y que no se contiene sólo en la Sagrada Escritura, sino que, a la par que en ella, también y más explícitamente, en la Sagrada Tradición de la Iglesia, de la que la misma Sagrada Escritura es fruto. La Tradición de la Iglesia es la vida de la Iglesia, la experiencia que la comunidad cristiana ha tenido en sus inicios de la misma Persona de Jesús, de su caminar por la tierra, de su muerte, de su resurrección, de su ascensión, del envío del Espíritu Santo. Porque en esa revelación de, una manera implícita o tácita, se encuentra explícita ya, juntos a tantas otras, esta verdad sobre la Mujer (“pondré hostilidades entre ti y la mujer”).
Así, ese término de “Mujer” aparece con un sentido teológico referido a María varias veces en el Nuevo Testamento: María es esa Mujer; si, la Mujer anunciada en el Génesis. “Cuando se cumplió el tiempo Dios envío a su hijo nacido de una Mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que yacían bajo la ley”, recuerda San Pablo a los Gálatas (Gal 4, 4). O en el primer milagro de Jesús, en Caná de Galilea, que nos cuenta San Juan como testigo presencial, cuando María advierte que no tienen vino y se dirige a su Hijo para que saque del apuro a aquella joven y anónima pareja, Jesús le replica: “Mujer, aún no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4); esta respuesta de Jesús en absoluto supone un desprecio a su Madre, sino que emplea un término u expresión teológica por el que reconoce en su Madre María esa omnipotencia suplicante de la nueva Eva, de la Mujer Nueva Madre de los vivientes, de los que reciben la vida eterna por la muerte y resurrección de Cristo. Es la razón por la cual Ella, sin hacer caso aparentemente de lo que Jesús le dice, se dirige inmediatamente a los criados: “Haced lo que Él os diga”. Y estos, obedeciendo quizá a regañadientes la palabra de Jesús, llenaron los cántaros de agua para que, después de un trabajo aparentemente inútil y necio, la palabra milagrosa de Cristo los convirtiese el más estupendo vino de fiesta. O esa otra mujer que al pie del Calvario contempla la muerte de su hijo y muere con él espiritualmente: “Mujer, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre” (Jn 19 26b-27a). Esa mujer nueva será la Madre de la Iglesia, la Madre de los cristianos, nuestra Madre, que recibimos en la Cruz. Aquella que, si bien parió sin dolor a Cristo, está en cambio pariéndonos con tanto dolor a todos nosotros como hijos de Dios y como hijos suyos.
Estas prerrogativas que María recibe no la hacen criatura sobrehumana; no se trata de ninguna especie de diosa o algo parecido. Nuestra fe en este dogma de la Inmaculada Concepción no disminuye en absoluto, sino que subraya la centralidad de nuestra fe, nuestra única adoración al Salvador universal, a Jesucristo. Como dice el catecismo de la Iglesia Católica en el número 487: “Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre de María, ilumina a su vez la fe en Cristo”.
“Esta resplandeciente santidad del todo singular de la que Ella fue enriquecida desde el primer instante de su concepción le viene toda entera de Cristo. Ella es redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 492 A). Por tanto María también es redimida como todos nosotros; es más: es la primera redimida, ya antes de ser concebida, en el primer instante de su concepción natural. Este es el núcleo de la verdad revelada que se contiene en la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María. Hemos visto como la Iglesia no se ha inventado nada, sino que, simplemente, en el Depósito de la Fe, a lo largo de estos veintiún siglos, los cristianos hemos ido rebuscando y profundizando en éste gran baúl, hurgando en él como en un testamento, en un tesoro familiar de infinito valor, hasta que hemos encontrado y contemplado a plena luz este tesoro cuyos destellos ya adivinábamos desde mucho tiempo antes. A lo largo de los siglos la Iglesia ha ido tomado conciencia de que María, la llena de Gracia por Dios, había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada proclamado en 1854 por el Papa, el ya Beato Pío IX: “… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención de los méritos de Jesucristo Salvador del género humano” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 491). Pero ya antes el Magisterio de la Iglesia se había ído pronunciando paulatinamente con más claridad sobre la cuestión. Así el pseudoconcilio de Basilea y el concilio de Ferrara, en el siglo XIV. El papa Sixto IV (el que mandó construir la capilla Sixtina), en el mismo siglo XIV, en su Constitución Apostólica Grave Nimis pedía “que cesen las controversias”, decantándose por la doctrina inmaculista, aunque sin condenar a los maculistas. El Concilio de Trento, en el XVI, y a petición de uno de los padres conciliares, el obispo Juan de Jaen, en su Sesión V dirá: “Declara este Concilio que no es su intención incluir entre los que están bajo el pecado original a la Santísima Virgen María”.
Este carácter de María como primera redimida por su propio Hijo ya aparece en los mismos textos litúrgicos del día de la Solemnidad de la Inmaculada, el 8 de Diciembre. Así en la oración colecta, la oración inicial de la Misa, a través del Sacerdote todos pedimos a Dios: “Oh Dios que por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado, concédenos por su intercesión llegar a ti limpios de todas nuestras culpas”.
“La preservaste de todo pecado”: se trata de una redención preservativa; antes incluso de ser tocada por esa herencia letal que se propaga desde nuestros primeros padres a todo el género humando, Ella es redimida. “La preservaste de todo pecado en atención a la muerte de tu Hijo”.
En la oración sobre las ofrendas de esa misma celebración Eucarística se dice: “Y así como a Ella la preservaste limpia de toda mancha, guárdanos también a nosotros, por su poderosa intercesión, limpios de todo pecado”.
En el texto del Prefacio de esa Misa se dirá: “Porque preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original para que, en la plenitud de la gracia, fuese digna Madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, Esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero Inocente que quita el pecado del mundo; Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.
Y en la oración final de la Misa: “Señor, Dios nuestro, que el Sacramento que hemos recibido repare en nosotros los efectos de aquel primer pecado del que fue preservada, de modo singular en su concepción, la Inmaculada Virgen María”.
En el texto del prefacio también hemos visto que se decía que María, concebida sin pecado original, era “comienzo e imagen de la Iglesia, Esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura”. En estas breves palabras se condensa todo un tesoro de verdad, de una maravillosa buena noticia, y es que, en Cristo y en su Madre María, comienza, como ya vimos, una nueva humanidad, una creación nueva, en la que Dios está reparando todo el daño, el destrozo que nuestros pecados, los pecados de todos los hombre, han hecho y siguen causando en el mundo. Dios no se resigna, y en medio de esta guerra total entre el Bien y el mal en medio de la que vivimos, Dios ha entregado a su propio Hijo quien, en la Cruz, “muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la Vida”, como dice el Prefacio del día de la Resurrección del Señor. Del costado de Cristo dormido en la cruz nace la Iglesia, que estamos llamados a ser en el mundo (todos los cristianos sin excepción también tú y yo), semilla de una nueva plantación, siembra nueva y generoso de una humanidad renovada, renacida en las aguas del Bautismo como hijos de Dios. “Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo; porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios; ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque no amaron tanto su vida que temieran la muerte, por eso regocijaos cielos y los que moráis en sus tiendas. Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo. Entonces el dragón vomitó de sus fauces como un río de agua detrás de la mujer para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la mujer, abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del dragón. Entonces, despechado contra la mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12, 10-17).
Querido hermano mío: es esa humanidad nueva, que comenzó a nacer hace dos mil años en la muerte y resurrección de Jesús, y de la que la Iglesia no es sino el comienzo y germen en medio de la humanidad enferma y caduca por pecado; es esa humanidad nueva, digo, ese hombre y esa mujer nuevos, los que están sometidos a tensión, a violencia, a una guerra si cuartel, los que son el botín que Satanás quiere arrebatar de las manos de Cristo; y en esa lucha seguimos y seguiremos hasta el final de los tiempos, en que, Aquel que fue coronado de espinas y colgado por nosotros del árbol de la Cruz, Jesucristo nuestro Salvador, nos ha prometido que volverá como Rey victorioso sobre el demonio y sus ángeles, y “ya no habrá luto, ni llanto, ni muerte, ni dolor” (Ap 21, 4). Es importante por ello que seamos conscientes de que, como María, también tu y yo tenemos que tomar partido, ponernos de la parte de Dios. No podemos seguir “nadando y guardando la ropa”, “ponerle una vela a Dios y otra al diablo”; hemos de ser conscientes de que este gran enemigo del hombre, “despechado”, como dice el texto del Apocalipsis, “se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, de los hijos de la Mujer, de los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12, 17).

Quizá sea ahora esclarecedor el que intentemos hacer un encuadre de esta reflexión sobre la Concepción Inmaculada de la Virgen María dentro de la historia de la reflexión de la ciencia teológica sobre el tema.
En la teología (que es la fe que reflexiona sobre si misma) generaciones enteras de cristianos han querido profundizar sobre ésta como sobre tantas otras verdades que Dios nos ha revelado y que, poco a poco como hemos visto antes, la Iglesia va sacando del baúl del Depósito de la Fe, de la Revelación, y vamos siendo consciente cada vez más plenamente de tantas cosas que antes tan sólo adivinábamos.
Así si en la Iglesia primitiva se contempló a María especialmente en el misterio de la Historia de la Salvación, como Nueva Eva, pero que contrariamente a aquella, en vez de desobedecer obedeció a la voluntad de Dios con su “Hágase en mí según tu palabra” (Lc), con su sí rendido al plan salvador del nuevo Adán, Jesucristo. Aquél que venció en un árbol, el diablo, fue el un árbol vencido, en el árbol de la Cruz. Igualmente, la reflexión primitiva se centra en contemplar a María en el misterio de la Iglesia: como Virgen Madre del Rey (La Ghebirá mesiánica), como Esposa del Espíritu Santo.
No obstante, con el transcurrir de los siglos, la mirada de la reflexión teológica se centra en la persona de María descubriendo en Ella una santidad única, junto con unos dones y gracias con los que ninguna otra criatura ha sido ni será nunca agraciada: su Inmaculada Concepción y Ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Las primeras manifestaciones de esta fe consciente de la Iglesia en la Concepción Inmaculada de la Virgen tenemos que rastrearla en la liturgia, la llamada “Lex Orandi” (la “Ley de la Oración”), que es modelo y regla de la “Lex Credendi” (la “Ley de la Fe”). Así, podemos observar que en la Iglesia Oriental se celebra ya desde finales del siglo VII la fiesta de la Concepción de la Virgen, después de celebrar las de la Anunciación y Concepción de Jesús, así como de San Juan Bautista. María, la Madre de Dios, será celebrada como “La Panaghía”, es decir, “la toda Santa”, la mujer en la que no hubo el menor rastro de pecado. Los libros litúrgicos la llamaban Santa, Santísima, Inmaculada, Irreprochable, sin tacha, sin defecto. Así por ejemplo la oración más antigua que se conserva a la Virgen, el “Sub tuum praesidium confugimus”, es decir “Bajo tu Amparo nos acogemos” (oración que data del Egipto del siglo IV, en el seno de la Iglesia Copta de Alejandría), llamaba esta oración a María “Santa Dei Genetrix…Virgo Gloriosa et Benedicta”.
Esta misma santidad de la Virgen María se celebraba en Occidente por medio de la fiesta de la Inmaculada que tiene su origen en Inglaterra primero, del 1060 al 1066, y después a partir del 1127. El objetivo de la fiesta no era preciso: se quería considerar especialmente el hecho de la santificación original de María en el seno de Santa Ana. Solo a finales del siglo XV la Iglesia de Roma adoptaría oficialmente esta fiesta.
En su infinita pureza la Virgen es toda santa, y por eso es figura de la Iglesia para los Padres de la Iglesia Oriental; y lo es porque la santidad de Dios se refleja en la santidad humana de Ella. Así San Cirilo de Alejandría celebra a “María, la siempre Virgen como la Santa Iglesia” (PG 77, 996). En el discurso que pronuncia en Concilio de Éfeso llega a comparar el cuerpo de María, en el que habitó el Hijo de Dios y del cual nació, con la santidad el templo divino. En esta misma línea, para San Gregorio de Nisa, María es Inmaculada: “La plenitud de la divinidad que residía en Cristo brilló a través de María, la Inmaculada” (Gregorio de Nisa, De Virginitate, 2). Proclo, Patriarca de Constantinopla irá más lejos aún llegando a decir que María es “El Santuario de la impecabilidad, el templo santificado por Dios” (Proclo de Constantinopla, Hom. 6: PG 65, 753-757).
En su doctrina, las iglesias orientales consideran la verdad sobre la Concepción Inmaculada de la Virgen como un todo dentro de su santidad. Así, la Iglesia Ortodoxa Bizantina profesa de manera especial su fe en la santidad de la Virgen, como vemos, por ejemplo, en el teólogo bizantino Nicolás Cabasilas, muerto en 1396, que se refiere a la Virgen María como a “la que no ha heredado nada del antiguo fermento” del pecado (en LE BACHELET, DTC VII/1, 916-956).
Cuando los teólogos y poetas religiosos bizantinos utilizaban la expresión “Inmaculada” lo hacían no en el sentido exacto de los teólogos latinos u occidentales, pues aquellos no hacían una exclusión expresa del pecado original dado que la doctrina clara sobre éste no existía entre ellos; pero al afirmar sobremanera la santidad perfecta de María desde el origen de su existencia, en esta afirmación podemos afirmar o considerar afirmado por ellos esta verdad de Inmaculada Concepción visto desde nuestras perspectivas y categorías occidentales.
En cuanto a la visión que la teología occidental tiene sobre la Inmaculada Concepción de Maria veremos que este tema de la santidad de la Virgen será abordado de forma diferente; es decir: como la ausencia de todo pecado, hasta del mismo pecado original. Para ello será necesario argumentar con claridad que en ningún momento, jamás, fue presa del pecado, ni siquiera del pecado de origen. Por eso al hablar de la santidad de María en Occidente será necesario contar y discernir tres conceptos fundamentales: el pecado, el pecado de origen, y el concepto de concepción humana.
El gran escollo a sortear por la reflexión teológica en occidente para que esta nave de la doctrina sobre la Concepción Inmaculada se abra paso será el dejar claro que en ningún aspecto ni sentido contradice la gran verdad fundamental de la Redención Universal de Jesucristo, de la condición de Jesús como único Dios, único Salvador. Así desde San Agustín quedó clara la condición pecadora de todo ser humano que es alcanzado por el pecado original, y esto para que quede claro, la necesidad de la redención de Cristo como único Salvador de la humanidad de las garras del pecado. Defender en este contexto que María no tuvo pecado original podría parecer para algunos que negase de alguna manera que hubiera sido redimida y salvada por Jesucristo, así como parecería con éllo que al menos una criatura humana no hubiese necesitado de su redención universal, imprescindible y necesaria para todos. Incluso los grandes escolásticos, allá por el siglo XII y XIII, no quisieron admitir la exención de María del pecado original precisamente amparándose en esta verdad de la Redención Universal de Jesucristo.
Un paso adelante lo dará nuestro español Raimundo Lulio (muerto en 1315) que compuso en París en 1298 un tratado sobre la Inmaculada Concepción; éste afirmaba que si María es primicia de la nueva creación, no podía encontrarse en una situación peor a la de nuestros primeros padres antes del pecado; por ello María no estuvo sometida al pecado original: “la semilla de la que procede María no heredó el pecado original de sus padres”(Raimundo Lulio, Disputatio eremitae et Raymundi, q.96: Utrum beata Virgo contraverit peccatum originale, en Opera IV a.7.).
Pero será Duns Scoto quien dará el paso definitivo en la reflexión teológica al respecto. Para él el “Perfectus Mediator” no es sólo aquel que redime y restaura el orden roto, sino aquél que pre-viene el pecado: “María (más que nadie) necesitó del Mediador que la previniera del pecado” (Duns Scoto, Ordinatio III, d.3 q.1: en BALIC, Textus, 16). En definitiva dejará claro que la afirmación de que María es concebida sin pecado original desde el primer instante de su ser natural en nada pone en peligro la verdad de la redención universal de Jesús porque María misma ha tenido necesidad de ser redimida, si bien con una redención preservativa. Ya en el primer instante de su concepción, María recibiría la total plenitud de la gracia porque Ella como nadie fue perfectamente redimida por el más perfecto redentor. Fue redimida siendo preservada de todo pecado, también del pecado original. Por ello Duns Scoto no veía inconveniente alguno en concluir que si, según la doctrina de San Agustín, María fue agraciada en su edad adulta y así preservada de todo pecado personal, ¿qué impide que fuera agraciada en el primer ínstate y preservada del pecado original? En definitiva: Según Dun Scoto “no podríamos llamar a Cristo perfectísimo redentor ni a María perfectísima redimida si no afirmásemos la preservación en Ella del pecado original” (Cf. A.VILLAMONTE, ¿Qué es lo que celebramos en la fiesta de la Inmaculada?, en EphMar 35, 1985, 323).
En los siglos XV y XVI proseguirán las luchas dialécticas y doctrinales entre los así llamados maculistas e inmaculistas; memoria de ello tenemos en nuestra Sevilla de entonces con las coplas populares que se revelaban contra la Orden Dominicana que defendía la doctrina maculista, que no aceptaba en definitiva la Concepción Inmaculada de la Virgen. El pueblo se levantó el día de la Natividad de la Virgen, el 8 de Septiembre de 1613 contra la predicación de un fraile dominico del Convento de Regina, que era el convento, la Casa Madre, digamos, de la Orden de Santo Domingo, de la Orden Dominicana en el sur de España y en Hispanoamérica; en ese convento que hoy es el Archivo de Protocolos, en la C/ Feria de Sevilla, y del que una de sus capillas, la del Rosario, es la sede canónica de la Hermandad de Monte-Sión. Pues bien: Molina se llamaba este fraile, se atrevió a predicar en el susodicho convento de Regina que la Virgen María padeció como todos los mortales la secuela del pecado original frente a la opinión piadosa, que defendía que María había sido concebida sin pecado original desde el primer instante de su concepción. Aquel suceso dio pie a todo un movimiento inmaculista en la ciudad, que se tradujo en un voto de sangre de las cofradías en defensa de la Inmaculada y en el envío a Roma de una delegación para que instara al papa a definir la Inmaculada Concepción como dogma. A raíz de aquello la gente cantaba por las calles: “aunque lo diga Molina y los frailes de Regina y su Padre Provincial, María fue Concebida sin pecado original”. También son conocidísimas las coplas de Miguel del Cid que en esta época cantaba el pueblo llano: “Todo el mundo en general a voces, Reina escogida, diga que sois concebida sin pecado original”.
La fiesta del 8 de diciembre se celebraba en Sevilla probablemente desde finales del siglo XIII, cuando el tema inmaculista era debatido en las escuelas teológicas. La gran aportación de la Iglesia de Sevilla en el siglo XVII, cuando ya el inmaculismo predominaba en las Universidades de Europa, fue la urgencia en pedir a Roma su definición dogmática y el fervor inmaculista de la ciudad que impregnó todas sus instituciones. El voto solemne de la ciudad en 1617 en defensa de la Concepción Inmaculada de María sirvió de ejemplo a otras muchas ciudades que siguieron su ejemplo. El saludo “Ave María purísima, sin pecado concebida”, rotulado también en las puertas de las casas, se hizo expresión común de un pueblo que amaba a la Virgen. Surgen entonces los “Simpecados”, estandartes marianos que portan en sus procesiones las cofradías sevillanas. En pocos años, casi un centenar de libros sobre este misterio surgieron de las imprentas sevillanas. Y, sobre todo, le ha dado a la Iglesia el modelo iconográfico definitivo de la Inmaculada, titubeante plásticamente hasta entonces en el arte, y por fin consagrado por Pacheco en su Arte de la Pintura, inspirado, como ya vimos, en el libro del Apocalipsis 12, 1: “Una mujer envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas”, y realizado por la escuela sevillana.
En los siglos XVII y XVIII el Magisterio de la Iglesia seguía sin definirse en cuanto a la doctrina inmaculista. La Santa Sede estaba especialmente atenta a que el Papa no hablase nunca en nombre propio de la “Concepción Inmaculada”, sino más bien de la “Virgen Inmaculada”. A pesar de todo, a partir de la Bula “Sollicitudo” del Papa Alejandro VIII (del 8 de Diciembre de 1661) quedó en la práctica resuelta la cuestión a favor de la doctrina sobre la Concepción Inmaculada de la Virgen preservada de toda mancha de pecado desde el primer instante de su existencia.
Será por fin el Papa Pío IX, el ya Beato Pío IX, quien el 8 de Diciembre de 1854 definiría el dogma de la Inmaculada Concepción de María en los siguientes términos: “Para honor de la Santa e indivisa Trinidad, para gloria y honor de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la Fe Católica y acrecentamiento de la Religión Cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención de los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles” (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: DS 2803 – 2904). La definición dogmática daba por supuesto, por tanto, que todos los hombres nacemos manchados por la culpa del pecado original mientras que María, sin embargo, por un privilegio especial fue concebida ya Inmaculada.
Desgraciadamente, cuando Roma habla definitivamente, en 1854, y declara Dogma la Inmaculada Concepción, Sevilla, tan afecta a este misterio, la ciudad del fervor concepcionista, de las inmaculadas de Murillo y Martínez Montañés, la que movió en el siglo XVII “Roma con Santiago” para que se declarara dogma de fe este misterio, no se halló representada en la Ciudad Eterna ni por su prelado, el cardenal Romo, ya achacoso – moriría un mes mas tarde -, ni por el Ayuntamiento, en aquellos momentos hostil a la Iglesia. Hoy, un precioso monumento a la Inmaculada, erigido en 1918 en la Plaza del Triunfo en el 300 Aniversario del juramento solemne de la ciudad, es un recuerdo permanente de lo que Sevilla, y con ella, la corte del España, hizo en el siglo XVII por la defensa de este misterio mariano. Roma, que tras la proclamación de 1854, quiso honrar a la Virgen con un monumento propio, eligió en 1855 precisamente el lugar de la Plaza de España – donde el papa acude todos los 8 de diciembre a colocar una corona de flores y a cantar la Salve -, en reconocimiento del esfuerzo mariano a lo largo de los siglos del pueblo español, y con él, con relevancia especial, del pueblo de Sevilla.

Y para concluir: ¿qué implicaciones tiene todo esto en nuestra vida? O dicho en lenguaje llano: ¿para que nos sirve a ti y a mi creer que la Virgen María fue concebida sin pecado original?.
Podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica que “esta resplandeciente santidad del todo singular de la que ella fue enriquecida desde el primer instante de su Concepción le viene toda entera de Cristo: Ella es redimida de la manera más sublime en atención de los méritos de su Hijo. El Padre la ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos en Cristo (Efesios, 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en El antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia en el amor (Efesios, 1, 4)” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 492). Así pues, no en balde la liturgia de la Iglesia ha elegido como segunda lectura de la Misa de la fiesta de la Inmaculada el himno cristológico que recoge San Pablo en su Carta a los Efesios (Cf Ef 1, 3-12) y que cita el Catecismo de la Iglesia Católica. En Ella, en este himno que cantaban los primeros cristianos, queda claro que, como María, todos nosotros hemos sido también “elegidos antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él (ante Dios) por medio del amor”; y que hemos sido igualmente “elegidos para ser sus hijos”, para ser hijos de Dios. En esto María es perfectamente imitable por todos nosotros porque, igual que Ella, todos somos dotados de las gracias naturales y sobrenaturales necesarias y sobreabundantes para cumplir con la misión para lo que Dios nos ha traído al mundo y, muy en concreto, para ser santos hijos de Dios. El que María, en su misión de Madre del Redentor, haya sido privilegiada con una Concepción Inmaculada, con una Virginidad Perpetua y con una Asunción en Cuerpo y Alma a los cielos, eso no quita absolutamente nada para que todos nosotros, como queda dicho, recibamos las gracias y dones necesarios para cumplir, así mismo, aquella misión concreta para lo que Dios nos ha creado.
Así mismo, en las oraciones de la Misa de la fiesta de la Inmaculada pedimos a Dios Padre, por medio del único Mediador, su Hijo Jesucristo, y por la intercesión de María, libre de todo pecado, que nos conceda también nosotros, que hemos nacido bajo el peso del pecado original y que lo hemos ratificado con tantos pecados personales, podamos vernos algún día libres de todas nuestras culpas. O como dice la oración post-comunión, que “repare en nosotros los efectos de aquél primer pecado del que fue preservada de modo singular en su Concepción Inmaculada la Virgen María”. En el Prefacio de la misma Misa de la fiesta, María es proclamada como “Abogada y Ejemplo de Santidad”; son los dos aspectos fundamentales de María que pueden repercutir en nuestras vidas: María Abogada e Intercesora, la Omnipotencia suplicante ¿Qué hijo podrá negar a su madre lo que pide, como ya vimos que la Virgen intercede por nosotros ante su Hijo en las Bodas de Cana? Así mismo María es ejemplo de santidad, perfectamente imitable; Ella nos enseña a ser obedientes a la voluntad de Dios, a decir sí a su plan sobre nosotros en aras del mayor bien de la humanidad, que es la salvación de todos los hombres.
El lugar central que la virgen María ocupa en la teología y en la vida de los cristianos da perenne juventud a cualquier consideración que la piedad, la historia, el arte, o la ciencia teológica haga de Ella. Como ha escrito recientemente Juan Pablo II en su Exhortación Ecclesia in Europa, “toda la Iglesia dirige su mirada a María (…) Ella nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús”.
Animados y sostenidos por el ejemplo e intercesión de la Inmaculada Madre de Dios no dudaremos en levantarnos reiteradamente de nuestras caídas y, restañadas nuestras heridas en el sacramento de la Misericordia de Dios que es la Penitencia y recuperadas nuestras fuerzas en la Mesa Santa de la Eucaristía, volveremos una y otra vez a enzarzarnos en esa lucha espiritual contra las fuerzas del mal, estando bien ciertos en que, aunque seamos vencidos en alguna qué otra refriega, la victoria final será toda del Señor en cuyas filas servimos como humildes pero aguerridos soldados de Cristo, el Príncipe de la Paz y Fruto Bendito del vientre de María, la Virgen Inmaculada.

Ángel Sánchez Solís
Párroco de la Concepción Inmaculada de Sevilla