Haz la paz, no la guerra

guerraSe celebraron hace dos fines de semanas por todo el planeta cientos de manifestaciones por la paz, si bien en nuestro país esta reivindicación se tiñó generalmente de un matiz negativo (“NO A LA GUERRA”) no exento de segundas, terceras e, incluso, cuartas lecturas (en base a otras tantas y variadas intenciones previas).

En cualquier caso (y sin entrar -porque no corresponde a mi misión de sacerdote- en la legítima política de los partidos y de otros colectivos ciudadanos –mayoritarios o minoritarios- a través de los que se expresa la sacrosanta libertad que Dios otorgó a todas las personas), se me ocurren algunas reflexiones fundamentales (en cuanto que van a los “fundamentos” o cimientos).

En primer lugar, subrayar que un no a “LA GUERRA” en un genérico que, para ser legítimo, supone un NO A LAS GUERRAS, a cualquier guerra. Más de cuarenta se desarrollan en la actualidad, con todo su aparato de muerte y destrucción, con miles de millones de víctimas inocentes, y ¿quién se manifiesta? Decididamente no basta con decir sólo un no a las guerras (las palabras se las lleva el viento –por desgracia, quizás estas también-) . Para no quedarnos en las nubes y en los buenos deseos (de los que dice el refrán está empedrado el infierno) es imprescindible pensar, vivir y actuar en positivo: SI A LA PAZ.

Y ¿qué es la paz? Desde luego no es el resultado de un equilibrio inestable entre fuerzas contrarias (como cuando jugábamos a la cuerda entre dos equipos hasta que uno arrastraba al otro). La paz así entendida sería un castillo de naipes que, al menor soplo, se vendrá abajo. La paz es “resultado de la guerra”; pero no de cualquier guerra, sino de aquella que debemos librar cada cual en el interior de nosotros mismos; se trata de, una “guerra de paz”, una guerra sin cuartel contra todo lo que en nosotros vaya contra nuestra íntima conciencia, sin escusas ni autojustificaciones cobardes por no “complicarnos la vida”.

Mira: por muy distintos y distantes que seamos las personas, hay un común denominador que todos sin excepción compartimos, la conciencia moral. En ella se contienen y a través de ella cada hombre y mujer conoce básicamente el bien y el mal, qué es bueno y qué malo, y esto en sus rasgos fundamentales que, en las diversas culturas y religiones de todos los tiempos y lugares, coincide con el código moral del Decálogo judeocristiano: honrar a los padres, no matar, no adulterar, no robar, no mentir… (y su contrapartida en positivo). Ello es lo que permite que puedan coexistir las diversas legislaciones de los países en el común respeto a un núcleo básico de todo derecho nacional e internacional: la defensa de los derechos humanos de todas (!TODAS!) las personas, sin distinción de raza, credo, edad o cualquier otra condición.

Así, pues, fijémonos en lo que nos une (en lo fundamental), no en lo que nos separa. Esto último serán generalmente cosas accidentales, a no ser que alguien (o “álguienes”), traicionando su propia conciencia, arremeta contra el bien común; y esto ocurre siempre y primero, no al nivel de estructuras sociales sino a nivel personal, aunque sean muchos los que, contraviniendo su conciencia, hagan daño a los demás, y aunque las autoridades no los vean ni controlen; aunque no trascienda la noticia: cada cual vive bajo la propia luz de la conciencia moral natural de cuya presencia y voz nadie puede huir; podremos violentarla (como un rehén de nuestro egoísmo), intentar desactivarla (como se desactiva una alarma), engañarla (con razonadas sinrazones), pero nunca lograremos sofocar por completo y para siempre su voz.. Es en este primer nivel de nuestra libertad y responsabilidad personales donde todos tenemos el deber de construir la paz, como se construye un edificio colosal pero formado por los pequeñísimos ladrillos de la aportación de innumerables actos personales.

Ser constructores de paz supones ser constructores de una humanidad basada en la promoción y defensa de los valores humanos fundamentales. He ahí la imprescindible tarea común y solidaria de ser sembradores de paz y de alegría: en nuestra actuación familiar, con nuestros vecinos y amigos, con nuestros colegas de trabajo, en la asociación del tipo que sea, en la hermandad y en la parroquia, el la tarea como en el ocio y en la diversión, tanto en lugares privados como públicos,…hombro con hombro con todos los hombre y mujeres de buena voluntad (de cualquier credo, pensamiento, raza o cultura), porque compartimos algo fundamental: la conciencia de bien. Sin construir entre todos este nivel básico, cualquier esfuerzo a otros niveles esta condenado a la esterilidad. “No escurramos el bulto” y “manos a la obra” todos y cada uno.

Ángel Sánchez Solís
Párroco